La Autopista del Sur

En aquellas lunas, los fletes se pagaban por adelantado. Doce mil pesos en efectivo y la promesa de llevar la mercancía unos 700 kilómetros hacia el norte. El tráiler cargaba 30 toneladas de jitomate. El conductor, un hombre-camión de 45 años de edad y más de la mitad de su vida detrás del volante, no durmió bien: en las últimas 24 horas había manejado 17 y descansado cinco; luego se dio un baño, comió una sopa tibia, casi fría, y se alistó para salir.

Oliverio Pérez Villegas

Se subió en su “Chata”, un viejo Kenworth al que él mismo le metía mano antes de salir a carretera. Sacó de la chamarra uno de los últimos cigarrillos sin filtro y comenzó a exhalar sin prisa. Parecía que el camión avanzaba al ritmo de las bocanadas que “El Mai” le daba al papel arroz mojado con su propia saliva.

Debía de llevar poco menos de media hora cuando pasó por la primera caseta. Apenas volvía a mover su camión y vio que alguien le hacía señas. Era un paradero seguro: seguido algún paisano pedía aventón a la colegancia.

−Quihubo, ¿pa’dónde vas?−preguntó.

−Voy hasta Nuevo Laredo, pero si me puedes acercar, te lo agradeceré mucho, compita.

−Va pues, súbete. Yo te acerco.

Resultó que el recién llegado había sido operador. Un par de horas les bastó para descubrir amigos en común, destinos en los que seguramente se habrían visto y hasta una que otra anécdota que fueron completando según ganaban kilómetros. Aunque la platicada le había espantado el sueño, luego de un rato “El Mai” volvió a sentir la fatiga acumulada de dos días con sus noches.

Ya faltaba poco para la siguiente caseta. “El Mai” se paró en un merendero para comprar dos cafés que le ayudaran a mantener los ojos abiertos.

−Te invito uno, compa− le dijo a su 10-12 provisional.

−No te molestes, yo los invito− respondió el otro.

−Ta’bueno, pues. Gracias.

Con el café ambos se fumaron otro cigarro. Al subir de nuevo al camión, “El Mai” se sentía con nuevos bríos y agarró carretera. Terminaron por hacerse amigos y hasta resultó que habían estudiado en la misma secundaria en algún municipio remoto del estado de Hidalgo. Incluso fueron resolviendo acertijos sobre los apodos que recordaban de aquellos viejos maestros. Rieron mucho. El 10-12 sacó de su mochila dos jugos de mango.

−Ya hasta me dio sed– dijo. −Brindemos por aquellos tiempos. Salud.

−Salud.

Dos sorbos después, el acompañante se ofreció a conducir un rato para que “El Mai” descansara un rato.

−Mira, traigo mi licencia vigente.

−No, pues ahora sí te tomo la palabra, canijo. Me cae que una pestañita me caería a todo dar.

−Nunca había manejado una chata como ésta. Siempre he tenido ganas −dijo.

“El Mai” sintió algo parecido al orgullo, pues donde quiera que se parara siempre le chuleaban su camión. Viejito, pero bonito. “Oldisbotgudis”, también lo decía en inglés. Buena parte de sus recursos se le iban en tener al tiro su camión.

−Ya verás qué bien se deja manejar. Es una chulada. Yo, mientras deja me duermo un rato. Cuando lleguemos a los Antojitos “La Morena” me despiertas, ¿vale?

−Ya estás.

Apenas se acomodó en la colchoneta cerró los ojos. Justo antes alcanzó a ver las primeras estrellas de la noche.

La mala posición en la que dormía, una sed seca que le raspaba la garganta, un mareo como de altamar y el sudor que le bañaba la ropa lo despertaron de golpe. Intentaba despegar sus párpados blanquiscos, los ojos legañosos. El sol del día siguiente ya entraba recio por el parabrisas.

Fue justo cuando logró pasarse al asiento del volante cuando recordó al 10-12, el café del merendero, las maestras de la secu y el lejano sabor del jugo de mango que permanecía en sus papilas. “¡No le hagas!”, pensó. Recordó también el viejo calcetín de la suerte en el que escondía su manojo de billetes. Justo debajo del asiento del copiloto. Bien amarrado al alambre que se retuerce en el mero centro del cojín desgastado.

No estaba. Buscó en los otros escondites intentando engañar a la rutina, pues sabía que no había de otra. No estaba en la rajada del colchón, no estaba en la guantera ni detrás del radio. Ya no estaba su dinero. “Ahora sí me la aplicaron bien y bonito. Nomás por andar de confiado. Y p’acabarla, ya voy tarde con la entrega”. Se cambió la camisa, se tragó dos analgésicos y puso en marcha su camión, para seguir rodando por esta remota Autopista del Sur.

TyT